A veces creo que me estoy volviendo loca. Cambios de humor jodidamente bruscos, felicidad, tristeza, felicidad, tristeza y vuelta a empezar. Gritar, quedarte sin voz, cantar, bailar, caerte, deprimirte y no saberte levantar, esa es la rutina de la semana. Semana tras semana, mes tras mes, año tras año. Y yo sigo encerrándome en la prisión de mi cabeza, atrapada entre mis propios pensamientos que poco a poco intentan destruirme, desde dentro, tipos listos.
Pero tal vez en la locura no se esté tan mal, al menos entre locos no me mirarán como a un bicho raro. Pero es todo tan jodidamente deprimente. Un día están y otro no, te vuelves una pirada más y quemas cosas, matas cosas y pegas a cosas. Malditas cosas, siempre metiéndose en medio. Y aún así siempre hay algo que te da ese chute de endorfinas que necesitas.
El cielo se vuelve más naranja.
El césped se vuelve más azul.
El agua se vuelve más roja.
Las casas más altas.
Los niños no maduran.
Y las flores no tienen tallos.
Supongo que la locura es la causante de la felicidad. O al menos eso parece.
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