Nada, nada, nada puede describir el vacío de una perdida importante.
Lloré cuando mis padres me tiraron la lámpara que estuvo en mi habitación durante toda mi infancia.
Lloré cuando mis padres me tiraron las zapatillas.
Lloré cuando mis padres me hicieron ver que mi inocencia se iba perdiendo poco a poco y pronto sería adulta.
¡Malditos padres!
Según mis padres es algo normal, según yo, no lo sé. ¿Es normal? Son pérdidas sin importancia, de cosas aparentemente poco importantes y valiosas. Pero sinceramente, los recuerdos que aquellas cosas evocaban en mi, ya nada es lo mismo.
Sin embargo ya no lloro, y eso me hace plantearme, ¿Hice bien en abandonarme en el camino de la madurez? Podría haber seguido siendo niña un poco más, ¿no? ¿no?... Lo echo de menos, realmente lo echo de menos. Llorar por cualquier motivo, una herida en la rodilla después de una caída, un empujón, cualquier motivo era bueno.
Ahora tengo que conformarme con echarle de menos, porque él era importante para mi, mucho, más de lo que piensas y llegarás a entender, era otro concepto de amistad, por encima del tiempo, de la distancia, de la vida y de la muerte, aun que es ahora, cuando pienso en él, cuando me doy cuenta de ello. Él era mi luz, porque sí, porque todo estaba oscuro antes de conocerle, porque lo único que veía eran sonrisas de superioridad en los rostros de la gente, porque lo único que sentía era rechazo, puro rechazo y el me hizo cambiarlo todo, me hizo ver que todo lo malo tiene algo positivo, me hizo ver que el rechazo a veces es bueno, que de todo esto acabaría siendo una chica fuerte, y que razón tenía. Dura cuan diamante soy ahora, no hay quien pueda conmigo, salvo su recuerdo, claro está. ¡Maldito! ¿cómo alguien puede ser mi punto débil, debilísimo y mi punto más fuerte a la hora de apoyarme en algo?
En fin, todo se resume en que te echo de menos, un mundo y más.
http://www.goear.com/listen/d2c0db8/one-last-goodbye-anathema
Odio las despedidas.
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